—Ah… qué alivio.
Selena dijo esas palabras con ligereza, como si acabara de librarse de una carga pesada y no de salir del centro de la tormenta que le había sacudido la vida a Eli hasta los cimientos. La niña volteó despacio. Desde que se subió al auto había preferido guardar silencio, de espaldas a la ventanilla que aún destellaba con los flashes de las cámaras y resonaba con las voces de los reporteros que seguían afuera.
Muchos de ellos seguían intentando que su madre diera más detalles sobr