El auto se detuvo en el estacionamiento del edificio y el motor quedó en silencio.
—Ya llegamos, señora —dijo el chofer antes de apresurarse a abrirles la puerta.
Selena bajó primero, moviéndose con soltura. Se acomodó el cabello, tomó su bolso y se adelantó sin mirar atrás. Sin decir una palabra, cruzó el vestíbulo a paso firme.
Se veía radiante, abiertamente complacida, sin el menor rastro de lo que acababa de ocurrir, como si el trayecto no hubiera sido más que un trámite de rutina que había