La noche cayó sobre Rize como una cortina de terciopelo húmedo. Las nubes se aferraban a la montaña, negándose a disolverse. En la mansión Aslan, ni la brisa lograba colarse. Todo estaba cerrado. A cal y canto.
Y sin embargo, el aire era irrespirable.
La tensión acumulada tras la visita de Leyla seguía adherida a las paredes, como el olor a incienso viejo en un templo olvidado. Nadie hablaba. Nadie osaba mencionar su nombre. Pero el vacío que había dejado era tan presente como su perfume.
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