La mañana amaneció con una llovizna tenue que resbalaba por los vitrales de la mansión Aslan como susurros atrapados. Dentro, las cosas no eran más tranquilas. Al contrario. La tensión entre sus muros era tan sólida como el mármol que pisaban.
En la cocina, el aroma a café turco recién hecho no fue suficiente para disolver la electricidad en el ambiente.
—¿Otra noche sin dormir, señora Aslan? —preguntó Şirin con cautela, mientras dejaba una bandeja sobre la mesa.
—No sabía que había empleados q