Richard se había quedado.
No lo anunció. Dejó el abrigo gris en el mismo gancho y apareció en la cocina del penthouse a las ocho y media, sin ceremonia, como si lo obvio bastara. Liam lo encontró al salir de la ducha. No hubo “buenos días”. Liam sirvió dos cafés y los dejó sobre el mármol: uno frente a su padre, otro frente a él. Ese gesto fue el acuerdo.
Se sentaron en el desayunador. La luz oblicua del 30 de diciembre entraba por el ventanal; Miami detrás, limpia e indiferente, como una postal