El viernes llegó con el teléfono boca arriba sobre el escritorio del despacho.
Alice lo había dejado ahí la noche anterior, antes del ritual de cierre de Max, y por la mañana lo encontró exactamente donde lo había dejado: la pantalla apagada, la respuesta de Liam archivada en el hilo y, aun así, distinta de las demás. No era solo por las palabras, sino por el lugar que ocupaban.
Hasta entonces, casi todo lo que venía de Liam había terminado en algún espacio protegido: un cajón, un álbum, una co