Liam no había dormido.Las cuatro de la madrugada lo encontraron en el mismo lugar donde había estado desde las once de la noche: en el sofá del penthouse, con un papel arrugado entre los dedos y una botella de whisky vacía en el suelo.La boca le sabía a ceniza. No importaba cuántas veces tragara saliva, la sequedad no cedía. La cabeza le latía con un ritmo sordo, constante, como si alguien golpeara desde dentro con un martillo lento. Tenía los ojos irritados, pesados, y una presión incómoda detrás de la frente que le hacía difícil incluso parpadear.Había intentado tomar agua una hora atrás, pero el vaso seguía intacto sobre la mesa de centro. El hielo se había derretido por completo, formando un charco que empapaba las revistas de arquitectura que Alice solía hojear los domingos por la mañana, marcando páginas con post-it de colores. Liam lo notó recién ahora. Pensó en secarlas. No lo hizo.Seguía usando la misma ropa del día anterior. Camisa arrugada, pantalón con olor a alcohol ra
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