Richard Walton llegó al penthouse con la puntualidad que no era cortesía, sino hábito.
No traía maleta. No traía olor a aeropuerto. Venía de la mansión, de ese territorio donde Margaret instalaba su versión del mundo como si la realidad fuera un mueble más: algo que se acomoda, se tapa, se hereda.
Liam le abrió con el café ya servido y una quietud impropia de alguien que llevaba noches sin dormir. No hubo “buenos días”. No hubo abrazo. En los Walton, el afecto se negociaba con objetos: una taza,