La semana treinta y tres llegó con la falta de modestia de las cosas que ya no piden permiso.
Alice lo sintió antes de que la doctora lo dijera, aunque no habría sabido explicarlo con un lenguaje que no sonara supersticioso. No era dolor. Ni alarma. Era otra cosa. El cuerpo volviéndose más deliberado. Más denso. Como si cada trayecto corto necesitara ya una pequeña negociación previa y cada decisión tuviera que convivir con una presencia interna que no solo ocupaba espacio: lo reorganizaba.
La