El cuarto con el whisky bueno olía a cedro, cristal limpio y tiempo mal usado.
Richard Walton siempre lo había llamado estudio, pero en realidad era otra cosa: una sala de confesiones diseñada por un hombre que había tenido demasiado dinero como para no poder elegir la textura exacta de sus propios remordimientos. Libreros oscuros hasta el techo. Un escritorio desproporcionado junto a la pared interior. Dos sillones de cuero frente al ventanal. Una lámpara baja que volvía todo más íntimo de lo