La cláusula correcta llevaba treinta y seis años esperando que alguien la necesitara de verdad.
Alice la encontró a las once y diecinueve de la noche, con una mano sobre el lomo de un archivador gris, la otra sujetándose el vientre por puro reflejo técnico y el cabello recogido en algo que había dejado de ser peinado cuatro horas atrás.
El despacho principal del Hotel Miller ya no parecía un despacho. Parecía una escena de guerra ordenada por una mujer rica con insomnio funcional y una abogada