Una semana después, en el control prenatal siguiente, el sonido del corazón de Max volvió a llenar el consultorio con esa insistencia imposible de administrar.
Alice estaba recostada en la camilla de la Dra. Sánchez con el vestido subido lo justo, una sábana fina sobre las piernas y el gel frío extendido sobre el vientre como una segunda capa de conciencia. Afuera, el día en Miami tenía esa luz blanca y excesiva que parecía diseñada por una ciudad incapaz de respetar la fragilidad ajena. Dentro