Margaret no cerró la videoconferencia.
La cortó.
La pantalla de su despacho quedó negra de golpe, devolviéndole durante una fracción de segundo su propio reflejo: chaqueta crema, perlas discretas, la espalda todavía recta por costumbre, no por equilibrio. El silencio de la mansión tenía una textura nueva. No era el silencio caro de siempre, ese que parecía comprado junto con la madera y el mármol. Era un silencio posterior a una caída corta y muy visible. La clase de silencio que no deja herida