Richard Walton desayunaba solo desde hacía once semanas.
No porque no tuviera con quién. Tenía un club con comedor privado a siete minutos del apartamento que había alquilado en Brickell cuando la mansión dejó de ser un lugar donde pudiera pensar con claridad. Tenía colegas que llamaban. Tenía un hijo que a veces contestaba.
Desayunaba solo porque el silencio de la mañana era el único momento del día en que nadie le pedía que fuera una versión de sí mismo que ya no le convenía.
Café. Tostadas.