Frankfurt en enero tenía color de acero.
Cielo bajo.
Fachadas de vidrio y hormigón tragándose una luz que no calentaba nada.
El río Main, oscuro, inmóvil a esa hora.
Liam Walton miraba por la ventanilla del taxi con el teléfono en la mano y la cabeza lejos de la ciudad en la que estaba.
Llevaba diecisiete horas de viaje.
Miami.
Londres.
Frankfurt.
Primera clase, como siempre. Eso solo significaba que el cuerpo había descansado algo. La cabeza no.
El asiento trasero del taxi olía a ambientador ba