Natasha Sinclair pensaba mejor en movimiento.
No era un hábito construido. Era una constante que había descubierto a los dieciséis años, cuando su madre le preguntó por qué caminaba por el pasillo de la casa a las once de la noche en lugar de dormir, y ella no supo responder porque no tenía respuesta que no sonara rara.
Después aprendió que no necesitaba explicarlo. Solo necesitaba el espacio.
El apartamento de Miami era temporal. Lo había alquilado por tres meses con opción a extensión, en un