A las 12:41, Liam seguía vestido.
No con la ropa del consejo ni con esa armadura corporativa perfecta que había aprendido a usar desde antes de saber qué parte de sí mismo estaba protegiendo con ella. Solo pantalón oscuro, camisa desabrochada en el cuello y la cara de alguien que ya había sobrevivido al momento más sucio del día y, por eso mismo, sabía que la verdadera dificultad empezaba después.
El penthouse estaba en silencio.
No ese silencio elegante que venden los arquitectos de lujo. Uno