A las cuatro y siete de la mañana, el hotel parecía una mentira bien pagada.
No porque estuviera vacío. Nunca lo estaba del todo. Había ascensores moviéndose a media carga, una luz de servicio encendida en la planta baja, dos hombres descargando cajas en la entrada lateral y una recepcionista nocturna que todavía sostenía la espalda como si alguien pudiera estar evaluándola desde algún punto invisible del lobby. Pero la quietud general tenía ese aire de ficción cara que solo existe entre las tr