Karl llevaba dieciséis minutos esperando.
No en el pasillo, ni fingiendo revisar el teléfono frente a la puerta del despacho.
Estaba sentado en la silla de siempre, al otro lado de la mesa de Alice, con la carpeta de contratos cerrada sobre las rodillas y la vista fija en el ventanal.
Desde donde estaba no veía la bahía entera; veía, sobre todo, el reflejo de Alice hablando.
Alice al teléfono no era otra persona. Era la misma, pero comprimida.
La voz bajaba medio tono y las palabras salían