La primera mañana de Max Miller olía a leche, antiséptico y lluvia vieja sobre la ciudad.
Alice llevaba cuarenta y tres minutos despierta cuando entendió que ya no iba a volver a dormirse. No esa mañana. Tal vez no durante mucho tiempo de la forma en que antes entendía el sueño: como descanso, como pausa, como una rendición provisional del cuerpo. Ahora era otra cosa. Ahora el cuerpo seguía despierto incluso cuando cerraba los ojos. Seguía alerta. Seguía escuchando. Seguía contando la respiraci