Margaret Walton no esperaba permiso en los lugares donde creía que tenía derecho.
Eduardo lo había aprendido en tres minutos. La señora Walton no había preguntado si podía subir. Había informado de que iba a subir. El matiz era suficiente para que Eduardo llamara a Valeria antes de que los ascensores terminaran de procesarlo.
Valeria llegó al pasillo del tercer piso antes que Margaret.
Se plantó frente a la puerta de la habitación con la carpeta azul bajo el brazo y la postura de alguien que no