Karl no fue al aeropuerto primero.
Fue a Liam.
Podría haber hecho lo sensato: dejar que Miami lo expulsara con su humedad elegante, subir al coche, llegar a MIA con tiempo de sobra y permitir que Frankfurt lo absorbiera con su puntualidad obscena, sus firmas, sus fondos y ese invierno limpio que siempre le había parecido una forma respetable del castigo. Tenía la maleta hecha desde la noche anterior, el coche reservado, la puerta de embarque confirmada, los correos urgentes separados y la clase