La noticia le llegó a las ocho y diecisiete de la mañana, y lo primero que Liam sintió fue alivio.
No orgullo. No triunfo. No esa satisfacción sucia y primaria que a veces se parece demasiado a ganar. Alivio. Físico. Casi indecente por lo rápido. Como si una parte muy vieja y muy poco noble de su cuerpo hubiera estado esperando exactamente esa frase para aflojar por fin la mandíbula, los hombros, el centro del pecho.
—Smith aterrizó en Frankfurt a las seis cuarenta y dos, hora local —dijo Davie