A las cuatro y nueve, la tormenta ya no sonaba como amenaza.
Sonaba como ocupación.
La lluvia seguía golpeando el cristal del Miller con una constancia que volvía todo más íntimo de lo conveniente, pero había perdido el filo salvaje de antes. Ya no era un ataque. Era una presencia firme, instalada, casi disciplinada. El hotel resistía bien. Ninguna alarma. Ninguna filtración visible. Ningún drama que justificara el precio por noche. Solo ese leve crujido estructural que recordaba que incluso lo