La recompensa llegó en una carpeta crema con el logo de una familia que Thomas Miller había sabido conservar durante diecisiete años y que Alice creía perdida desde la suite 1027.
Eduardo la dejó sobre el escritorio a las once y veintiséis, con esa expresión suya que intentaba no parecer satisfecha y por eso mismo la parecía más.
—Léelo antes de decirme que no quieres ilusionarte —dijo.
Alice apartó el portátil y tomó la carpeta con la mano izquierda, la derecha todavía apoyada sobre el vientre