El periodista no la miraba como la miraban los demás hombres.
Ese fue el problema.
Natasha lo entendió al tercer encuentro, no al primero. Al primero lo había clasificado como una molestia cara: culto, incómodo, razonablemente atractivo, con esa clase de seguridad profesional que vuelve a algunos hombres insoportables porque no parece necesitar la confirmación correcta de la mujer correcta. Al segundo, había empezado a notar algo peor. No la temía. No la adulaba. No intentaba impresionarla. Y d