Cien días era una cifra demasiado limpia para una historia tan sucia.
Alice la escribió en el margen superior de una hoja amarilla a las siete y doce de la mañana, en el despacho del Hotel Miller, con el café todavía demasiado caliente para beberlo y la ciudad apenas despierta del otro lado de los ventanales. La lluvia de la noche anterior había desaparecido casi por completo. Miami tenía ese brillo lavado y sospechoso que sigue a las tormentas: la humedad pegada a los edificios, la bahía de un