56. Entre lealtades y traiciones
La concubina real avanzó con una elegancia calculada, su vestido de seda oscura flotando con cada paso. Su rostro se reno no mostraba rastro de vacilación.
El rey entrecerró los ojos.
—¿Tú… ordenaste esto?
Zulema inclinó la cabeza en señal de respeto, pero no bajó la mirada.
—No lo ordené, mi señor… pero sí aconsejé a mi hijo que mantuviera con vida a la prisionera. Una muerte innecesaria no traería ninguna ventaja a nuestro reino.
Las palabras de la concubina hicieron que los murmullos entre l