78. Acecho
Con un giro certero, Azharel hundió su daga en la arena, levantando polvo y distrayendo momentáneamente a la criatura.
La serpiente siseó con furia, su lengua bífida asomando en busca de su presa. Azharel sabía que aquellas criaturas eran letales; su veneno podía paralizar el cuerpo en cuestión de minutos, dejando a la víctima a merced del desierto.
Sin perder tiempo, lanzó un golpe con su bota, enviando a la serpiente contra la pared rocosa del desfiladero. El impacto fue suficiente para aturd