57. Desprecio y redención
Kael aflojó el agarre, pero no la dejó ir.
Porque ambos sabían que ninguno de los dos estaba dispuesto a retroceder.
El agua seguía agitándose a su alrededor, testigo mudo de la lucha silenciosa que se libraba entre ellos. Kael apretó más fuerte los brazos de Nizarah, su agarre tan firme que ella sintió la presión arder sobre su piel.
—No importa cuántas veces lo intentes —gruñó él, su voz grave y afilada como una hoja de acero —Nunca volveré a caer en tu juego.
Sus ojos, oscuros y despiadados,