El aire en la cueva se volvió denso, casi sólido, mientras observaba aquella sombra deslizarse con la elegancia letal de un depredador que no conoce el remordimiento, y sentí que el grito se me quedaba trabado en la garganta como una espina de pescado, quemándome las cuerdas vocales antes de brotar.
Gault, el Perro de los Riscos, estaba a solo tres pasos de la entrada donde Dante descansaba, y su mano, curtida por mil batallas invisibles, acariciaba la empuñadura de su daga con una familiaridad