El frío de las cuevas del norte no era como el de la costa, que se te metía en los huesos con una humedad pegajosa, sino un frío seco y antiguo que parecía emanar del corazón mismo de la montaña, un aliento de piedra que nos obligaba a mantener las hogueras encendidas día y noche para no olvidar el calor de la vida. Nos habíamos establecido en un complejo de grutas naturales que el padre de Elara conocía como la palma de su mano, un laberinto de galerías donde las estalactitas colgaban como lágrimas congeladas y donde el sonido de nuestras voces rebotaba en las paredes de granito, creando un coro de susurros que nos servía de alerta ante cualquier intruso.
Atrás habían quedado los muros encalados de la escuela y el aroma dulce del serrín recién cortado, sustituidos ahora por el olor a humo de pino, a lana mojada y al esfuerzo constante de quienes han comprendido que la libertad no se pide, sino que se arrebata palmo a palmo a los que intentan pisotearla.
—Sujeta bien la cuerda, Valer