El frío de las cuevas del norte no era como el de la costa, que se te metía en los huesos con una humedad pegajosa, sino un frío seco y antiguo que parecía emanar del corazón mismo de la montaña, un aliento de piedra que nos obligaba a mantener las hogueras encendidas día y noche para no olvidar el calor de la vida. Nos habíamos establecido en un complejo de grutas naturales que el padre de Elara conocía como la palma de su mano, un laberinto de galerías donde las estalactitas colgaban como lág