El viento soplaba entre las paredes de granito del Paso del Estrecho con un silbido agudo, un lamento constante que parecía advertirnos del peligro que latía bajo el polvo del camino, mientras yo apretaba el mango de mi cuchillo con las palmas sudorosas, a pesar del frío que bajaba de las cumbres. Nos encontrábamos agazapados entre los matorrales de brezo y las rocas desprendidas, observando desde las alturas el sendero serpenteante por el que debía pasar la comitiva de Aranda, ese desfile de h