El viento soplaba entre las paredes de granito del Paso del Estrecho con un silbido agudo, un lamento constante que parecía advertirnos del peligro que latía bajo el polvo del camino, mientras yo apretaba el mango de mi cuchillo con las palmas sudorosas, a pesar del frío que bajaba de las cumbres. Nos encontrábamos agazapados entre los matorrales de brezo y las rocas desprendidas, observando desde las alturas el sendero serpenteante por el que debía pasar la comitiva de Aranda, ese desfile de hierro y soberbia que pretendía llevarse el alma del valle encerrada en jaulas de transporte.
Dante estaba a mi lado, con la respiración contenida y los ojos fijos en la entrada del desfiladero, mientras Elara, situada unos metros más arriba, revisaba por última vez las cuerdas de las trampas de piedras que habíamos dispuesto con la ayuda de los pocos pastores que se atrevieron a seguirnos en esta locura.
—Ya vienen, Valeria, puedo oír el crujido de las ruedas contra la grava y el relincho de lo