El estruendo del primer ariete golpeando la puerta principal no fue un ruido seco, sino un lamento profundo de la madera de roble que Dante y yo habíamos reforzado con tanto mimo, un sonido que vibró en el suelo de piedra y se me instaló en la boca del estómago como una bola de plomo frío. Eran apenas las cinco de la mañana, y la bruma todavía se aferraba a los campos de trigo como un sudario gris, cuando el resplandor de las antorchas de los guardias de Aranda empezó a lamer las paredes exteri