El estruendo del primer ariete golpeando la puerta principal no fue un ruido seco, sino un lamento profundo de la madera de roble que Dante y yo habíamos reforzado con tanto mimo, un sonido que vibró en el suelo de piedra y se me instaló en la boca del estómago como una bola de plomo frío. Eran apenas las cinco de la mañana, y la bruma todavía se aferraba a los campos de trigo como un sudario gris, cuando el resplandor de las antorchas de los guardias de Aranda empezó a lamer las paredes exteriores, proyectando sombras alargadas y monstruosas contra las ventanas que tanto nos costó acristalar.
Sabía que este momento llegaría, lo sentía en el aire desde que Lucas huyó entre la niebla, pero ninguna premonición te prepara para el instante en que tu refugio se convierte en una ratonera y los gritos de mando de los soldados rompen la sagrada paz de una casa dedicada al saber.
—¡Valeria, saca a los muchachos ahora, no esperes a que la primera viga ceda o nos quemarán vivos antes de que lle