La luz del mediodía en la meseta central tenía una cualidad dorada y espesa, como la miel recién extraída de los panales, que se filtraba por los altos ventanales de nuestro taller y dibujaba rectángulos de polvo brillante sobre los bancos de carpintería donde el aroma del cedro y el fresno seguía siendo nuestra única religión. Habían pasado semanas desde que regresamos de la montaña, y la escuela de oficios que Dante y yo levantamos con poco más que voluntad y madera vieja se había transformado en un hervidero de actividad, un refugio de paz donde los hijos de los campesinos aprendían que sus manos podían crear belleza además de surcos en la tierra.
Me detuve un momento a observar a Dante, que explicaba a un joven aprendiz cómo seguir el dibujo de la veta sin forzar la herramienta, y sentí que por fin el aire de Crestview se había purgado de mis pulmones, dejando espacio para un oxígeno más limpio, más nuestro.
—Valeria, han llegado los hombres de la capital, están en la entrada con