El aire de la mañana traía consigo un aroma a resina quemada y a tierra removida, una fragancia que se colaba por las rendijas del taller recordándome que el tiempo de la calma se había escurrido entre nuestros dedos como arena seca, mientras el sol, todavía pálido, empezaba a lamer las cumbres donde ayer dejamos a un hombre roto a su suerte. Me desperté con el peso de la amenaza de Aranda oprimiéndome el pecho, una presión que no me dejaba respirar con la libertad de los últimos meses, y al ba