CAPITULO 21

El aire de la mañana traía consigo un aroma a resina quemada y a tierra removida, una fragancia que se colaba por las rendijas del taller recordándome que el tiempo de la calma se había escurrido entre nuestros dedos como arena seca, mientras el sol, todavía pálido, empezaba a lamer las cumbres donde ayer dejamos a un hombre roto a su suerte. Me desperté con el peso de la amenaza de Aranda oprimiéndome el pecho, una presión que no me dejaba respirar con la libertad de los últimos meses, y al bajar al patio encontré a Dante ya en pie, revisando los sacos de grano y las herramientas con una minuciosidad que delataba que su mente ya estaba trazando el mapa de una nueva trinchera.

No hacían falta palabras entre nosotros, porque el roce de su mano áspera contra la mía al pasar por el umbral me dijo todo lo que necesitaba saber: no íbamos a dejar que el asfalto de la capital pisoteara las flores silvestres de nuestra escuela sin presentar batalla.

​—Valeria, he enviado a los muchachos más v
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