La primavera en la aldea de Cala Silencio no llegaba con el estruendo de las tormentas, sino con un susurro persistente que arrastraba el aroma de la lavanda salvaje y la tierra recién removida, mientras nuestra escuela de oficios se consolidaba como el corazón latiente de una comunidad que empezaba a creer que el futuro podía construirse con algo más que miedo. Dante y yo habíamos pasado meses transformando el viejo almacén de piedra en un taller donde el serrín cubría el suelo como una alfomb