La primavera en la aldea de Cala Silencio no llegaba con el estruendo de las tormentas, sino con un susurro persistente que arrastraba el aroma de la lavanda salvaje y la tierra recién removida, mientras nuestra escuela de oficios se consolidaba como el corazón latiente de una comunidad que empezaba a creer que el futuro podía construirse con algo más que miedo. Dante y yo habíamos pasado meses transformando el viejo almacén de piedra en un taller donde el serrín cubría el suelo como una alfombra de oro pálido, y donde el golpe rítmico de los martillos se fundía con el murmullo de los aprendices que, por primera vez, no trabajaban para un señor feudal, sino para su propio sustento.
Cada mañana, al abrir los pesados portones de madera, sentía que el peso de Crestview se disolvía un poco más, evaporándose como la bruma matinal sobre los campos de trigo, dejándome solo con el cansancio honesto de las manos que saben crear.
—Valeria, el ángulo del ensamblaje debe ser perfecto, porque si