La oscuridad los rodeaba como un manto impenetrable. Cada paso que daban parecía llevarlos más lejos del mundo que conocían, sumidos en un abismo donde nada era lo que parecía. La atmósfera densa y cargada de electricidad parecía estar al borde de la explosión, como si la misma naturaleza estuviera a punto de desmoronarse. El aire olía a tierra mojada, a descomposición, y el suelo bajo sus pies crujía con un eco lejano, como si la tierra misma protestara ante su presencia.
Samantha y Alexander,