El día había caído en una oscuridad tenue, pero el sendero seguía iluminado por una luz cálida que emanaba de un punto lejano, tan constante como el faro de una nave perdida en medio de un océano inmenso. Samantha y Alexander caminaron en silencio, la tensión entre ellos palpable, como si el aire alrededor se hubiera vuelto más espeso, más denso, cargado con la inevitabilidad del encuentro que se acercaba. La figura que se les había presentado en la niebla, con sus palabras llenas de misterio,