El aire estaba impregnado con un espeso olor a humedad y desesperación. Cada paso que daban resonaba como un eco dentro de la torre, amplificado por la oscura vastedad que los rodeaba. Samantha y Alexander avanzaron, uno junto al otro, conscientes de que la oscuridad que los había envuelto ya no era solo un manto físico, sino un reflejo de sus propios temores.
Las voces de sus pasados, aquellas que pensaban que habían dejado atrás, retumbaban en sus oídos. Los recuerdos de los errores cometidos