Mi cuerpo se encendió.
Mis manos se cerraron en puños.
Eleni apretó mi brazo, como si sintiera la explosión interna.
Mi padrastro tomó su abrigo del respaldo del sillón.
—Volveré —advirtió—. Me gustaría hablar contigo sin interrupciones y a solas.
Pasó a mi lado.
El olor de su colonia —la misma de hace años— golpeó mi pecho como un arma.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio fue tan abrupto que mareaba.
Eleni me giró hacia ella, con cuidado.
—Otto… ¿qué fue eso? —preguntó, pero su tono no pedía detalles. Pedía saber cómo podía ayudar.
Yo quería respirar, pero el aire no entraba.
Quería decir algo, pero la voz no salía.
—Es él… —fue lo único que pude soltar.
Eleni entendió más de lo que dije.
Sus ojos se llenaron de una furia protectora que jamás imaginé ver dirigida a mi favor.
—Voy a cerrar la puerta —susurró.
Asentí.
Con la cabeza hecha un nido de aves.
Ella caminó hacia la entrada y puso doble seguro.
Se quedó unos segundos ahí, respirando hondo, como si buscara fuerzas pa