Mi cuerpo se encendió.
Mis manos se cerraron en puños.
Eleni apretó mi brazo, como si sintiera la explosión interna.
Mi padrastro tomó su abrigo del respaldo del sillón.
—Volveré —advirtió—. Me gustaría hablar contigo sin interrupciones y a solas.
Pasó a mi lado.
El olor de su colonia —la misma de hace años— golpeó mi pecho como un arma.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio fue tan abrupto que mareaba.
Eleni me giró hacia ella, con cuidado.
—Otto… ¿qué fue eso? —preguntó, pero su tono