Desayunamos juntos.
Entre bromas y silencios cómodos.
No recordaba la última vez que había reído tanto antes de las ocho de la mañana.
Cuando terminó, se ofreció a lavar los platos. Yo protesté, pero no insistí demasiado. Me quedé viéndola moverse por mi cocina, con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Y fue raro.
Bonito, pero raro.
Me apoyé contra la pared, cruzándome de brazos.
—Deberías quedarte un tiempo más aquí. Aunque puedas conseguir departamento, no seras más feliz qu