Nunca pensé que redecorar un local podría ser tan estimulante.
Ni que una mujer con bata de trabajo, lápiz detrás de la oreja y cara de “déjame en paz” pudiera parecer tan peligrosa para mi estabilidad emocional.
Desde temprano, Eleni y yo estábamos en el local que pronto se convertiría en la unión de nuestras dos cafeterías.
O lo que ella insistía en llamar “un matrimonio comercial sin derecho a divorcio”.
—No me gusta ese tono de azul —dijo, señalando la pared recién pintada.
—Es azul mediter