Capítulo 54 – Heridas abiertas.
El sótano de la hacienda de Armando López era un lugar donde la luz moría antes de nacer. Una bombilla desnuda colgaba del techo como un ojo enfermo, balanceándose apenas con la respiración de los guardias. El aire olía a sangre seca, a orina vieja y a miedo rancio que se pegaba a la piel como una segunda capa de sudor. Fernando colgaba de las muñecas, las cuerdas de cáñamo mordiéndole la carne hasta el hueso, los pies apenas rozando el concreto húmedo que brillaba con charcos oscuros. Su rostr