―¡Mami! ¡Mami! ¡Mami! ―La vocecita chillona de la niña hizo remover a su cansada madre. ―Vamos, arriba, hay que ir al colegio. ―Ana suspiró profundamente y se desperezó.
―Amor mío. ―Tirando de ella la metió a la cama y la abrazó con fuerza. ―Buenos días, no olvides los modales, brujita. ―Sonrió al escuchar las protestas de su hija.
―¿Estás muy cansada? ―Ana miró esos hermosos ojos grises y negó, ella ocultó que tan molida la deja el doble turno en el restaurante.
―Por supuesto que no. ―Besó