El salón del trono estaba envuelto en un silencio incómodo, tan denso que hasta los sirvientes caminaban de puntillas para no romperlo.
Desde hacía semanas, la ausencia de Ana, había cambiado el aire del castillo. Sin su risa imprudente ni sus comentarios desbordados, todo parecía apagado, como si los tapices hubieran perdido color. Osiris sentía esa ausencia como un vacío en el pecho. Ana era la única que nunca la había juzgado, la única que la empujaba a seguir siendo la mujer que había si