Como la mayor de las amenazas que él le había dirigido en el pasado, salió en tranquilidad del vestidor dejándola sola.
Eirin se quedó internamente alterada, aunque por fuerza se mostraba fuerte.
Afuera, la ciudad rugía con su caos habitual. Dentro de ella, el silencio se convirtió en una batalla muda. Estaba harta de fingir que todo estaba bien. De justificar ausencias, de sonreír en las cenas, de permitir que él hiciera y deshiciera con su dignidad como si fuera un objeto decorativo más en es