Su cuerpo, su cárcel (1)

Después del enfrentamiento que tuvo con Orestes, Eirin abandonó la casa para irse al bufete con la frente en alto. Los nervios que atravesaban su cuerpo de estómago hasta el corazón, comenzaban a sentirse en una punzada de cabeza atenazante, pero aun así no se detuvo. Salió de la casa y abordó su automóvil.

En el pasado, Eirin había aprendido a caminar en puntas de pie dentro de su propia casa. No por elegancia, sino por miedo a no hacer enojar a Orestes. Cada rincón del lugar —impecable, bril
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