Mundo ficciónIniciar sesiónNicolás Altamirano miró los billetes arrugados sobre su impecable escritorio de caoba y luego levantó la vista hacia la mujer que acababa de arrojarlos.
Ahí estaba ella, empapada y temblando, exigiéndole a gritos ser su novio falso por una noche a cambio de un fajo de dinero.
A él. Al dueño de media ciudad. Nicolás casi llama a seguridad para que la sacaran.
Su paciencia estaba al límite: venía de la peor discusión de su vida, donde sus tíos le exigieron casarse y tener un hijo de inmediato, o le quitarían la presidencia de la corporación.
Estaba acorralado por su propia familia, furioso y completamente harto de las mujeres vacías e interesadas que su madre intentaba meterle por los ojos cada semana.
Y de pronto, esta completa desconocida irrumpía en su despacho privado, evadiendo inexplicablemente todos los filtros de seguridad, exigiéndole a gritos que fuera su acompañante por una noche.
Nicolás se recostó lentamente en su sillón.
Sus ojos grises la chequearon de pies a cabeza. Ella creía que estaba en la agencia de actores baratos del piso cuarenta y cinco.
El error era gigantesco, casi cómico. Si le decía quién era realmente, la chica saldría corriendo por esa misma puerta.
Pero mientras observaba la furia vibrando en el pecho agitado de Emma, la mente de Nicolás comenzó a atar cabos a una rapidez acelerada.
Él necesitaba desesperadamente una mujer dispuesta a fingir una relación frente a su familia sin hacer demasiadas preguntas; alguien a quien pudiera controlar bajo un contrato estricto.
Y ella, por lo que veía, necesitaba a un hombre imponente que la salvara de una situación en una boda.
Era la oportunidad perfecta servida en bandeja de plata. Solo tenía que jugar su juego.
—¿Así que me quieres alquilar? —La voz de Nicolás resonó en la amplia oficina. Era profunda, áspera y cargada de un magnetismo que hizo que a Emma se le secaran los labios de inmediato.
—Te pago hoy mismo —respondió ella, intentando mantener la barbilla en alto, aunque tener a ese hombre enfrente le estaba aflojando las rodillas—. Solo necesito que vengas conmigo a una boda. Tienes que actuar como si fueras asquerosamente rico, prepotente y, sobre todo, como si estuvieras loco por mí. Nadie puede dudar de que somos pareja.
Nicolás esbozó una sonrisa de medio lado, fascinado por la audacia de la chica.
—El paquete de "millonario prepotente" tiene una tarifa alta —murmuró él, siguiéndole la corriente mientras sostenía su mirada con intensidad—. Y por lo que veo en la mesa, apenas cubres mis honorarios. Pero haré una excepción y tomaré el trabajo. Con una condición.
—¿Quieres más dinero? —Emma frunció el ceño, señalando los billetes en la mesa—. Escucha, esto es todo lo que tengo ahora, pero te juro que si me ayudas...
—No quiero más dinero —la interrumpió Nicolás, levantándose de la silla con gracia sensual.
Rodeó el enorme escritorio a paso lento y seguro, hasta detenerse a escasos centímetros de ella.
Emma tuvo que alzar el rostro para poder mirarlo a los ojos.
—¿Entonces qué quieres? —logró articular Emma, con la voz apenas en un susurro.
—Tú eres la jefa. Tú pagas, tú mandas —sentenció Nicolás, mirándola desde arriba para darle esa falsa sensación de control—. Pero si voy a fingir ser el hombre que tiene el mundo a sus pies y que te ha elegido a ti por encima de cualquier otra cosa, vas a tener que dejarme hacer mi trabajo. Y mi trabajo requiere que esto sea creíble.
Emma apretó los puños a los costados.
—¿A qué te refieres?
Nicolás bajó la vista hacia la ropa de ella.
—A que si vas a entrar del brazo de alguien como yo a un evento de la alta sociedad, no lo harás luciendo como una oficinista mediocre. Afortunadamente, la tarifa VIP de la agencia incluye un cambio de imagen para ti. Son las normas.
Él levantó una mano y, con una suavidad que contrastaba por completo con su apariencia ruda, le apartó un mechón de cabello húmedo de la mejilla.
El roce de sus dedos contra la piel de Emma envió una corriente eléctrica directa a su espina dorsal, paralizándola.
Sin darle tiempo a reaccionar, Nicolás sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número.
—Sube a la oficina ahora mismo. Trae al equipo completo de cambio de imagen —ordenó, con el tono de quien está acostumbrado a dar órdenes—. Y diles que traigan la colección exclusiva para clientes VIP.
—¿Es para usted?
—No es para mi acompañante una chica encantadora. Tenemos un evento este fin de semana y hay que empezar a trabajar en un milagro desde hoy.
Colgó y guardó el dispositivo. Emma lo miraba, totalmente desconcertada.
—¿Qué equipo? ¿De qué hablas? ¿Cuál milagro?
—Del servicio por el que acabas de pagar —respondió él con naturalidad, ocultando una sonrisa triunfal—. Las transformaciones de este nivel toman tiempo, así que empezaremos de inmediato con tu prueba de vestuario.
Antes de que Emma pudiera decir una sola palabra, las pesadas puertas de la oficina se abrieron de par en par.
Una tropa de al menos seis personas entró al despacho.
Llevaban maletines de maquillaje profesional, percheros rodantes cubiertos con fundas de terciopelo negro y cajas de zapatos de marcas que Emma solo había visto en las vitrinas de la Quinta Avenida.
Una mujer de cabello corto, vestida de negro y con gafas de montura gruesa, se adelantó. Detrás de ella, dos asistentes descorrieron las fundas, revelando vestidos que brillaban bajo las luces tenues del lugar.
Emma se quedó sin aliento. Jamás en su vida había estado tan cerca de prendas tan exquisitas.
—Señor, el equipo de estilistas está a su entera disposición —dijo la mujer, cuidando de no mencionar su apellido, tal como dictaba el protocolo cuando él tenía visitas inusuales—. ¿Qué estamos buscando exactamente para la señorita?
Nicolás dio un paso atrás, cediéndole el espacio al equipo, pero nunca apartó sus intensos ojos grises de Emma.
La recorrió despacio, imaginando el diamante en bruto que estaba a punto de pulir bajo la fachada de la "agencia".
—Quiero que la conviertan en una reina —ordenó Nicolás, y su voz profunda vibró con fuerza en cada rincón de la oficina—. Destruyan esa imagen de niña buena y herida. Cuando crucemos las puertas de esa boda este fin de semana, quiero que sea la dueña absoluta del lugar.







