Mundo ficciónIniciar sesiónLa música de los violines flotaba bajo los majestuosos candelabros del salón principal en el Hotel Waldorf Astoria.
El lujo desbordaba en cada rincón, desde los inmensos arreglos florales de orquídeas blancas hasta las botellas de champán francés que los meseros no dejaban de descorchar.
Leah, enfundada en un vestido de novia de seda diseñado exclusivamente en París, paseaba su mirada por el salón.
A su lado, su madre, Victoria, daba un pequeño sorbo a su copa mientras observaba a los invitados.
Sin embargo, entre tanta opulencia, había un detalle que murmuraban los invitados más observadores: el gran ausente de la velada era el padre de Emma.
El hombre no se veía por ningún lado.
Ni siquiera se había presentado para entregar a su hijastra en el altar, escudándose en un supuesto viaje de negocios de última hora fuera del país.
—Con mi marido fuera del país, ¿de verdad crees que la inútil de su hija tenga el descaro de aparecerse por aquí sola? —preguntó Victoria, acomodándose un ostentoso collar de diamantes sobre el pecho.
—Por supuesto que sí, mamá —soltó Leah con una risita burlona—. Emma es demasiado orgullosa para admitir que perdió en todo. Seguro entrará por esa puerta en cualquier momento, con su habitual cara de mártir y alguno de esos vestiditos baratos que compra en liquidación. Quiero ver cómo se le rompe el corazón cuando se anuncie nuestra fusión con los Monte de Oca frente a todo el mundo.
Afuera, ajena al veneno que destilaban en el lujoso salón, la ciudad rugía en la noche neoyorquina.
Pero dentro de la cabina del Rolls-Royce Phantom negro, el silencio era denso, pesado y eléctrico.
Emma miró su reflejo en la ventanilla tintada y tuvo que parpadear dos veces.
La mujer que le devolvía la mirada no era la oficinista agotada y desesperada de los pasillos del hospital.
Llevaba un impresionante vestido de satén rojo oscuro que se ajustaba a sus curvas con sensualidad y elegancia.
Tenía un escote fino pero desafiante y una abertura lateral que alargaba sus piernas sobre unos tacones altos.
El maquillaje impecable resaltaba el fuego de sus ojos verdes, y su cabello caía en ondas perfectas y brillantes sobre sus hombros descubiertos.
El equipo de estilistas de la supuesta "agencia" había hecho magia pura.
A su lado, Nicolás irradiaba una calma total.
Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que abrazaba la anchura de sus hombros y acentuaba su porte intimidante.
No parecía un actor pagado por horas; parecía el dueño del mundo.
—Estás temblando —murmuró él. Su voz profunda cortó la quietud del auto, provocando que un escalofrío repentino le recorriera la espalda a Emma.
—Es... es el frío del aire acondicionado —mintió ella, apretando con fuerza el pequeño bolso de diseño entre sus manos sudorosas.
Nicolás soltó una carcajada baja y ronca que le aceleró el pulso.
Sin pedir permiso, estiró su mano grande y firme para cubrir las de ella, obligándola a soltar el bolso.
—Mírame, confía en ti todo va salir muy bien —le ordenó, con una suavidad que no lograba ocultar su autoridad natural.
Emma giró el rostro. Sus ojos grises la atraparon de inmediato, intensos, agudos e hipnóticos.
—Te pagué para que fingieras ser mi novio, no para que me dieras terapia —logró articular ella, intentando recuperar el aliento ante la abrumadora cercanía del hombre.
—Y yo te dije que si hacíamos esto, sería estrictamente bajo mis reglas —respondió Nicolás, acercándose unos centímetros más, hasta que ella pudo sentir el leve calor de su respiración—. Nadie en ese salón respira a menos que tú se lo permitas. Eres la mujer más hermosa e inalcanzable de Nueva York esta noche. Levanta la barbilla y déjame el resto a mí.
El costoso vehículo se detuvo suavemente frente a la alfombra roja de la entrada.
El chofer uniformado abrió la puerta de Nicolás. Él bajó primero, abotonándose el saco con un movimiento fluido y letal que hizo suspirar a un par de invitadas que charlaban en el balcón del hotel.
Luego, se giró y le ofreció la mano a Emma.
Cuando ella colocó sus dedos sobre los de él y salió del vehículo, los flashes de los fotógrafos contratados para el evento parecieron enloquecer.
La postura de Nicolás cambió. Dejó de ser el desconocido rudo de la oficina para transformarse en un hombre que parecía completamente cautivado por ella.
Envolvió la cintura de Emma con su brazo, pegándola a su costado firme, y juntos comenzaron a subir la amplia escalinata.
Las inmensas puertas del salón principal se abrieron de par en par.
Al principio, solo los invitados más cercanos a la entrada notaron su presencia.
Pero como una ola expansiva invisible, las conversaciones comenzaron a morir gradualmente.
El murmullo se propagó por todo el inmenso lugar, opacando hasta la música de fondo.
Las miradas de los magnates y los socios de la familia se clavaron en la pareja recién llegada.
¿Quién era ese hombre? Desprendía una arrogancia y un aura de riqueza tan aplastante que hacía lucir a los demás millonarios del salón como simples empleados.
¿Y la mujer de rojo que lo acompañaba con paso firme y mirada altiva?
—¡Dios santo, es Emma Castellanos! —susurró una de las invitadas de Leah, llevándose una mano al pecho, escandalizada y maravillada a la vez.
Al otro lado del salón, junto a la imponente tarta nupcial, Rodrigo Monte de Oca reía a carcajadas.
Sostenía una copa de champán francés mientras presumía ante los socios de su nuevo suegro sobre las futuras inversiones inmobiliarias que lideraría tras la boda. Se sentía invencible, el rey indiscutible de la noche.
Sin embargo, el repentino murmullo y el silencio que siguió llamaron su atención.
Frunciendo el ceño, Rodrigo se giró lentamente hacia las puertas principales, esperando ver al alcalde de la ciudad o a algún invitado rezagado de alta alcurnia.
Lo que vio le congeló la sangre en las venas.
Ahí estaba Emma. La misma chica a la que había dejado llorando porque no tenía nada que ofrecerle.
Ahora lucía como una auténtica diosa.
Pero no fue su despampanante transformación lo que le robó el aliento y lo dejó paralizado, sino el hombre que la sostenía por la cintura.
Un hombre que irradiaba más poder del que Rodrigo podría acumular en diez vidas enteras.
Los dedos de Rodrigo temblaron, perdiendo de golpe toda su fuerza.
La copa de cristal se le escurrió de las manos y se estrelló contra el suelo en mil pedazos, mientras su rostro perdía hasta la última gota de color frente a todos los invitados.







